¿La deshumanización de la salud o de los médicos?

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Lo ocurrido en Cartagena no es solo un escándalo. Es una advertencia. Si una mujer puede terminar pariendo en la puerta de una clínica, significa que hemos normalizado niveles de insensibilidad que hace unos años habrían resultado inconcebibles.

Cada vez que ocurre un hecho indignante en un hospital, la reacción inmediata es señalar al médico. Es comprensible. Es el rostro visible del sistema. Pero la pregunta que deberíamos hacernos es otra: ¿estamos frente a la deshumanización de los médicos o a la deshumanización de la salud?

En Cartagena volvimos a tocar fondo cuando una mujer tuvo que dar a luz en la puerta de una clínica. Una escena que no debería ocurrir en ninguna sociedad que se considere civilizada. La imagen es devastadora, no solo por el riesgo para la madre y el recién nacido, sino porque simboliza el fracaso de un modelo que parece haber perdido de vista el sentido mismo de la atención en salud.

Ahora bien, reducir este episodio a la supuesta falta de humanidad de quienes estaban de turno sería una explicación tan sencilla como insuficiente. La inmensa mayoría de los médicos eligió esta profesión para aliviar el sufrimiento, no para aumentarlo. Sin embargo, trabajan en un sistema donde las autorizaciones pesan más que la urgencia, donde los indicadores financieros compiten con las decisiones clínicas y donde el agotamiento, la sobrecarga y el miedo a las sanciones administrativas terminan erosionando la capacidad de actuar.

Nada de eso exonera responsabilidades individuales. Si hubo negligencia, indiferencia o incumplimiento del deber ético, debe investigarse y sancionarse. La ética médica no puede convertirse en una víctima más del sistema. Siempre existe un deber de proteger la vida cuando está en riesgo.

Pero también sería un error creer que el problema termina señalando a uno o varios profesionales. Porque mañana habrá otro caso, en otra ciudad, bajo circunstancias similares, mientras las causas estructurales permanezcan intactas.

La verdadera deshumanización ocurre cuando el paciente deja de ser una persona y se convierte en un trámite; cuando el médico deja de ser un profesional autónomo y se convierte en un ejecutor de protocolos administrativos; cuando una institución mide su éxito por balances financieros antes que por la dignidad con la que trata a quienes llegan buscando ayuda.

Lo ocurrido en Cartagena no es solo un escándalo. Es una advertencia. Si una mujer puede terminar pariendo en la puerta de una clínica, significa que hemos normalizado niveles de insensibilidad que hace unos años habrían resultado inconcebibles.

La discusión no debería centrarse únicamente en quién falló ese día, sino en cómo llegamos al punto en que una puerta cerrada pesa más que el derecho a recibir atención. Porque cuando un sistema de salud pierde la capacidad de reconocer la urgencia humana, ya no solo está enfermo: ha perdido su razón de ser.

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